jueves, 27 de octubre de 2016

Me gustaba Susana como ninguna mujer hasta ese momento de mi vida. Íbamos en secundaria y me encantaban su ligero sobrepeso, sus ojos grandes y su risa escandalosa. No me importaba que jugara conmigo al amor, ni que tuviera novio y que fuera precisamente Zárate (uno de mis mejores amigos en primaria, con quien había pasado muchas tardes viendo películas viejas y comiendo tacos dorados de carne -la especialidad de su mamá-). Susana era mi obsesión al despertar y en el último segundo antes de caer dormido; era la causa de que me castigaran en clases por estar platicando o pasándome papelitos en los que le insinuaba cuánto me enloquecía que ella se dignara mirarme y seguir mi juego de cortejo.
Una mañana, en alguna materia donde Zárate no estaba, alguna profesora me reprendió y me obligó a tomar clase desde el escritorio. El castigo se convirtió en premio, pues justo frente a mí estaba Susana. No recuerdo cómo empezó todo, pero casi puedo sentir el pie de Susana subiendo por mi entrepierna mientras ella sonríe pícara. Nadie en la clase se percata de nuestro entretenimiento, pues la maestra explica algo delante del pizarrón, en la esquina opuesta a donde Susana y yo jugamos. Soy capaz de percibir el instante justo en que ella se descalza esos armatostes negros que le exigían a las adolescentes de mi secundaria y comienza a levantarme el pantalón y acariciar mi pierna, subiendo muy suavemente. Recuerdo con la frescura con que se conserva al primer amor, cómo hice lo mismo que ella y cómo, cuando terminó la clase, ambos respirábamos agitados y teníamos la cara roja.
Esa tarde mi padre no fue a recogerme y la mamá de Susana tuvo algún contratiempo que la hizo llegar pasada una hora o quizá más. Entonces no había celulares y al menos ella y yo teníamos la orden de esperar en la escuela hasta que llegaran por nosotros. Sabedor de las frecuentes borracheras que mi padre estilaba entonces, lo esperaba hasta las 4 de la tarde; si no aprecía, me enfilaba a casa sin temer algún castigo. Esa tarde, Susana y yo nos fuimos quedando solos poco a poco. Yo fui a la tienda y compré unos bimbuñuelos Bimbo, que entonces traín estampas de Alvin y las ardillas como promoción. La que me tocó traía a Alvin delante de un gran corazón, creo que pensando en Britanny. Eso fue suficiente pretexto para que comenzáramos a platicar, sentados en la banqueta delante de la secundaria. Recuerdo que me platicó de su padre, a quien ya no veía, del nuevo novio de su madre y de lo mucho que odiaba la escuela. Creo que yo le confesé las muchas veces que había caminado frente a su casa sin animarme a tocar jamás, de la ocasión que la había visto con Zárate comiendo un helado y de lo mucho que odiaba (y envidiaba) a su novio. Ella reía con esa naturalidad que me excitaba, me tomaba de la mano y una o dos veces se acercó mucho a mi cuerpo y estuvimos a punto de besarnos. Supongo que para nosotros el mundo en ese instante era otro, que lo que hacíamos era nuevo y esplendoroso, que estábamos disfrutando tanto el momento que nos aislamos de el rededor y dejamos de percibir que pasaban carros, que algunas personas caminaban tras nosotros e, incluso, que su madre había llegado, estacionado el carro y nos miraba entre inquieta y asombrada sin atreverse a interrumpirnos.
No me acuerdo en que instante se rompió el encanto, pero si que cuando descubrimos a su madre viéndonos desde su auto, comenzamos a reirnos de forma nerviosa, como los amantes que han sido descubiertos. Entonces nos levantamos y yo la acompañé hasta el vehículo, le abrí la puerta y saludé a la madre de Susana, quien me sonreía de esa forma condescendiente que tienen las madres. Entonces Susana me dio un beso rápido, furtivo, en la boca y cerró la puerta, sonriendo como si fuera ese un momento dichoso.
No sé qué pasó después entre nosotros, pero nunca llegamos a ser novios. Zárate en algún momento terminó su noviazgo con Susana y comenzó a salir con Elvia. Yo después me enamoré de Liz y nunca me hice su novio, aunque nos escribíamos largas cartas de lo que considerábamos era el amor. Susana un día dejó de ir a la secundaria con nosotros. Muchos años después El Negro me contó que Susana era madre soltera, creo que enfermera. Y yo, ahora que he escuchado "La ciudad ardió", con Alejandra Guzmán, he tenido la certeza de que esa mañana, esa tarde, al lado de Susana es algo que nunca olvidaré.

martes, 18 de septiembre de 2012

Eraclio Zepeda considera que un cuento debe escribirse en una sentada. Las correcciones, las anotaciones, los agregados, la estructura, pueden llevar días o años, pero la escritura como tal debe realizarse de una sola vez. Con eso en mente, me despierto a las 4:30 a terminar un cuento que llevo semanas escribiendo, reescribiendo, planeando. Prendo la laptop y releo las paginas que llevo escritas y tras teclear por hora y media, por fin creo que el texto está terminado.
Pienso, todavía en la oscuridad de la madrugada, que el cuentario pronto estará listo y lo dejaré reposar el mayor tiempo posible, tal como Sada nos recomendaba en su taller. Entonces recuerdo las tardes que veía a los compañeros del taller, las pláticas que teníamos en el vocho, cuando regresábamos de la Casa del Lago y me pregunto qué será de ellos. Por supuesto, la pregunta es retórica. A todos los tengo en mi Facebook y sigo sus vidas: unos publican más que otros, pero siento que sea como sea, aquel grupo sigue unido muy a pesar de que hemos dejado de vernos y de que Daniel Sada murió.
De todos, con quien más contacto tengo es con Jorge, con quien comparto poemas, blogs, canciones a través del FB. Él sabe de mis gustos literarios y, como asiduo visitante que es de la Biblioteca Central, me avisa cuando llega algún tomo que pueda interesarme: Plath, Carver, Hughes...
Hace algunos meses Jorge me comentó que iban a publicarle su poemario, en la UAM, y que además se avecinaba una edición en Argentina. En aquel entonces, decía él, yo era el único editado de los del taller de Sada, pero pronto seríamos dos huérfanos sadianos que no tendríamos un padre a quien llevarle nuestrso escritos.
No sé si fue entonces, antes o después que pensé en una novela donde nos disfrazaríamos en personajes, muy al estilo Bolaño, e intentáramos encontrar a Juan Crisóstomo Álvarez, el "mejor escritor que hubiera conocido" Daniel.
Sabiendo que a Jorge le gustaba Bolaño, empezamos a bromear con una carta que alguna vez le escribió el chileno a Mario Santiago Papasquiaro: "Estoy escribiendo una novela en donde tú te llamas Ulises Lima. La novela se llama Los Detectives Salvajes".
Entonces le dije: "Estoy escribiendo una novela en donde tú te llamas Jose Posadas. La novela se llama Hace falta un maestro". Y comenzamos a desvariar, diciendo que en lugar del Parque Hundido, el encuentro con algún poeta de la talla de Paz sería en un restorán Wendy's (el mismo del que tanto hablaba Sada), y que en lugar de Cesárea Tinajero, buscaríamos a Juan Crisóstomo, y así nos pasamos varios minutos hablando de nuestra versión mexicana de Los detectives salvajes.

Decía entonces que eso lo recordaba en la mañana, tras terminar un cuento. Y a eso de las once, ya en el trabajo, apareció Jorge con su poemario en la mano. El saludo fue rápido como siempre, sin muchas palabras. Retiró el celofán con que envuelven los libros y cuando le extendí una pluma, escribió:
Casa de Lago a las 6pm
es uno de los lugares más hermosos del universo
Jorge Posada
18 9 12

Luego platicamos unos minutos y lo vi irse por la puerta de cristal que divide la oficina del resto del mundo.
Abrí el libro y no paré de leer hasta que llegué al colofón. Tuve ganas de llorar, de nostalgiar hasta el límite, de acordar una reunión en la que todos los que íbamos a ese taller nos reuniéramos y platicáramos como entonces: de Herralde, de Sada, de Arreola, de los senos de cierta muchacha, de las palabras rimbombantes de cierto joven... Fue como si algo muy bueno le hubiera pasado a un hermano, fue como si al final de todas estas jornadas, existiera algo que nos uniera y nos marcara como personas diferentes, gente que convivió con Sada, jóvenes que platicaban dentro de un vocho sobre sus planes a futuro que hoy se están realizando...


(Copio dos poemas de Costa sin mar)

EL JEFE ME LLAMA A SU OFICINA.

Pregunta sobre mi comportamiento,
faltas y retardos.
No contesto.

Desafortunadamente no soy atractivo como Mr. Anderson
y ningún Morfeo tiene mi número de celular.

Regreso a mi escritorio.
Espero la hora de salida,
el año en que por fin me retire.


MI PADRE PREGUNTA
por qué no visto como los escritores
que aparecen en la televisión,
por qué no digo frases inteligentes.

Dice que no tengo carisma.

Quiere saber cuándo ganaré concursos.
Cuándo seré traducido a cuarenta idiomas.

Observa mis jeans rotos
(como los que usaba en la adolescencia).
Sabe que equivoqué el camino
o nunca lo tuve.*

*Posada, Jorge (2012), Costa sin mar. UAM, México, 46 páginas.

jueves, 30 de agosto de 2012

I.
El año pasado conocí a un joven estudioso que leía, sobre todo, libros de jóvenes escritores mexicanos. Para ello, buscaba en librerías, tianguis, ferias y ventas nocturnas. Varios libreros ya lo conocían, así que cuando llegaba un nuevo ejemplar del Fondo Editorial Tierra Adentro u otra editorial que publicara a menores de 40 años, lo llamaban y le ofrecían la nueva mercancía.
Con algunas cervezas dentro del cuerpo, empezamos a platicar al respecto y me externó una duda que le venía tras leer un buen libro de un joven escritor: ¿por qué tan pocos llegaban a publicar un segundo libro y luego un tercer libro y...? En aquel momento aventuré que se debía a que muchas veces el escritor ve en su primer libro publicado un paso certero a la fama, al reconocimiento, pero estos raramente llegan. "Después de que el libro está en librerías viene una avalancha de comentarios por parte de los amigos y familiares, pero puede pasar un mes, medio año, sin que salga una reseña del tomo", le dije un poco amargoso. "Hace poco alguien me decía que la mejor reseña, de las pocas que hubo, de su primer novela apareció seis años después de publicada. Ahora, imagínate", le dije a aquel muchacho, "como escritor esperas que a partir de ahí se abran las puertas, que se reconozca tu trabajo, pero al final te das cuenta que no elegiste bien a la editorial donde publicaste, o que no hubo la promoción que esperabas o que, simplemente, el libro no pegó. Entonces, supongo, viene una depresión terrible, pues aquello por lo que luchaste por varios años, escribiendo con la esperanza de que vendrían sólo cosas buenas, no se dio. Tu libro fue uno de los miles que se editaron ese año, tuvo un precio mayor a la de los bestsellers y sólo estuvo en las estanterías 15 o 30 días".
Creo que la cerveza ayudó a que cambiáramos de tema, y después de aquella plática, nunca volvimos a vernos.

II.
Leila Guerriero publicó unos días atrás un interesante artículo en El País: Los escritores y su primer libro. En él da a conocer el testimonio de varios autores quienes describen cómo fue el asombro al escuchar que al fin les publicarían: "Una voz dice algo en el teléfono, o una mano escribe un par de frases, y, al otro lado de la línea, del buzón, de la pantalla, un ser humano recibe el impacto con el cerebro paralizado por la euforia, con un vahído de felicidad o desesperación, porque la voz o el par de frases son el punto de llegada —y de partida— de algo que busca su destino desde hace meses, o quizás décadas, y ahora, al fin, después de que una cantidad de azares o insistencias hicieran su trabajo, la llamada o las frases vienen a decir estimado, aunque a usted no lo conoce nadie, aunque no ha publicado nunca nada, hemos leído su manuscrito y se lo vamos a publicar. El vahído y el impacto y la parálisis eufórica se repetirán, después, con variaciones. Pero nunca —nunca— como en ese punto de la existencia en el que un escritor inédito recibe la noticia de que alguien lo publicará por primera vez".
Después vienen los testimonios de quienes dicen que el primero fue el libro que los marcó o del que actualmente se avergüenzan o el que les abrió las puertas o..., pero poco dicen qué pasó después, entre el primer libro y el segundo, la escritura y publicación del segundo. Qué pasa cuando se tiene el libro entre las manos y no se sabe si leerlo o dejarlo reposar, en que no se sabe si escribir de inmediato otro libro o dejar que los sentimientos se estabilicen. Ninguno de esos autores dice cómo hicieron para tener el valor de sentarse e intentar escribir otro libro aún cuando no se sabe cómo le fue al primero.
Jaime Mesa, en su columna de la revista Crítica, habla un poco al respecto, de ese vacío que llega y se instala en la vida del escritor entre un libro y otro, entre la publicación de un libro y la escritura del siguiente, de esa parte de la que no hablan los manuales de escritura, ni dan clases en las escuelas para escritores, que es cómo sobreponerse al primer libro (segundo, tercero, cuarto...) tras el cual uno comienza a creerse escritor pero nada se lo confirma. Ese instante en que no basta ir a encuentros de escritores, presentar el libro, dar entrevistas, pues siempre se siente que no se es suficientemente escritor, que siempre faltan páginas por escribir, historias por contar.
A veces tomo como ejemplo a un amigo muy querido, quien con su libro 13 logró colarse en las listas de los mejores libros del año. En esas mismas listas había algunos primeros libros de otros jóvenes, pero también el libro del "autor conocido" editado ese año.
Más allá de la calidad de unos y otros, tomo ese ejemplo porque pienso que él, mi amigo, lleva "muchos" libros antes del que lo está "consagrando" (por llamar de alguna forma a ser apreciado por los críticos, porque su nombre esté en boca de otros escritores, porque empieza a ser reocnocidos por las editoriales importantes-comerciales). Entonces vuelvo a mí y pienso en mi única novela y en que hay que seguir escribiendo para ir haciendo camino...

III.
Fui al Colmex, a su biblioteca, a dejar unos libros. Recordé que años atrás había soñado con estudiar un posgrado ahí, pero también pensé que la vida me había llevado por otro camino. De regreso a casa comencé a escuchar un fragmento de Soldados de Salamina en voz de Javier Cercas y de pronto, como si todo lo anterior hiciera un clic, tome consciencia de que ese proceso (gracias a Dios) al parecer le ocurre a muchos. Dice Cercas:
"...En realidad, mi carrera de escritor no había acabado de arrancar nunca, así que difícilmente podía abandonarla. Más justo sería decir que la había abandonado apenas iniciada. En 1989 yo había publicado mi primera novela; como el conjunto de relatos aparecido dos años antes, el libro fue acogido con notoria indiferencia, pero la vanidad y una reseña elogiosa de un amigo de aquella época se aliaron para convencerme de que podía llegar a ser un novelista y de que, para serlo, lo mejor era dejar mi trabajo en la redacción del periódico y dedicarme de lleno a escribir. El resultado de este cambio de vida fueron cinco años de angustia económica, física y metafísica, tres novelas inacabadas y una depresión espantosa que me tumbó dos meses en una butaca, frente al televisor".
A Cercas lo conocí ya no recuerdo cómo, pero sí que cuando leí El inquilino supe que si quería ser escritor (cantaleta que había reiterado por cinco o 10 años) debía ponerme a escribir y no dejar que otro viniera a ocupar mi lugar o a escribir lo que yo deseaba. Así, cada que decaían mis ánimos por escribir la novela que entonces tenía en mente, volvía a Cercas y tras leerlo iba de inmediato a la computadora y continuaba con la historia que no me abandonaba.
Tal vez por eso mi inconsciente me hizo escuchar a Cercas justo en este momento, porque necesitaba recapacitar para que al despertar de madrugada tomara la computadora y me atreviera a meterle mano a esos cuentos que han reposado en mi cabeza y en la laptop. Hoy, al menos, amanecí con ese ánimo y volví a escuchar ese fragmento de Soldados de Salamina, pues a falta de un maestro que me indique el camino sigo confiando en los libros como remedio para estas crisis.

IV.
Recuerdo esa frase de Pedro F. Miret en Insomnes en Tahití : "El arte no es un filete que se puede pedir 'termino medio' o 'bien cocido' según el gusto del cliente. Hay que dar libertad al cocinero y estar preparados a que nos lo pueda servir quemado algunas veces".
Sigamos entonces cocinando, antes de que el aceite se enfríe.

martes, 14 de agosto de 2012

Mi tío se formó en una época en la cual bastaba un título de secundaria técnica para poder ser el más grande de los hombres. Que sepa, sus estudios de contador público los adquirió entre los 12 y 15 años, y después de trabajar en una licorería, de ser el mandamás del barrio de El Mosco y tras un primer matrimonio y tres hijos, llegó a ser uno de los directivos de Bancomer en Hidalgo.
La gente lo respetaba y sus subordinados le temían. Era extraño verlo en horas laborales sin el ceño fruncido, ordenando aquí, repasando números allá. Pero fuera de esas horas, al menos en su plan de tío, era un buen tipo. Tenía, eso sí, un problema: le gustaba demasiado el alcohol, pero esto nunca fue impedimento para que diario, a las 5 de la mañana, se levantara a correr, fuera al club deportivo, se diera una sesión de vapor, saliera a tomarse una "polla" y, tras arreglarse en casa, se dirigiera al trabajo.
Hará unos 15 o 20 años que dejó sus oficinas en el banco y no sé muy bien desde qué momento comenzó a ser uno de los contadores de la presidencia municipal. De 10 o 12 años para acá, le perdí el rastro completamente, quizá porque me mudé en definitivo a México, tal vez porque dejé de juntarme con mi prima Chris, o a lo mejor porque la vida nos separo para conservar sólo los buenos recuerdos.

De niño era el consentido de mi tío. Si del banco lo mandaban a un curso a Yucatán, allá iba yo con él; si era a Veracruz, lo mismo. Así fue como conocí Palenque, Mérida, el puerto jarocho, y como probé por primera vez el arroz a la tumbada, los hotcakes con malteada de fresa y como fui formándome en muchos sentidos.
Recuerdo un viaje a Veracruz: las llantas del carro se poncharon tres o cuatro veces durante la noche. Mi tío, que tal vez veía en mí a los hijos que ya no estaban con él, dejaba a mi tía Lidia (su segunda esposa) en medio de la carretera con Chris, de 4 o 5 años, y con Cyn, aún una bebé. Mientras, nosotros íbamos pidiendo aventón hasta que llegábamos a una vulcanizadora y comprábamos unos "gallitos" para terminar el viaje. Luego regresábamos al carro y yo me sentaba a ver cómo mi tío metía la llave de cruz, sacaba un birlo, otro más y cambiaba la llanta.
Después, ya en Veracruz, mi tío me despertaba muy temprano y me llevaba a correr junto con él a la playa. De entonces es la foto que aparece acá.
En ese viaje, además, aprendí que las personas también fumaban por gusto, supe cómo subir una pirámide en diagonal para no cansarse y que nunca deberían dejarse unas quesadillas al alcance de un perro (cuando mi tío se dio cuenta de mi error, súper enojado fue hasta donde yo veía al perro comerse las últimas sobras y grito: "ahora que ese cabrón vaya al banco a pedirme una tarjeta de crédito no se la voy a dar", y le tiró una piedra o una patada al perro).

De mi tío conservo otro recuerdo prestado: De niño mamá nos recitaba un poema que empezaba: "¿Que yo te amaba como a un Dios? Mentira...". Siempre lo atribuía a Amado Nervo y yo no tenía por qué pensar que no lo era. Cuando escribí mi Hijo de hombre pensé que ese poema encajaba a la perfección en la trama. Así, como lo conocía sólo de oídas y las estrofas resultaban disparejas debido a la mala memoria de mamá, comencé a rastrearlo en antologías y obras completas de Nervo, sin hallar jamás una referencia a él. Así, un fin de semana que visité a mis padres, le pregunté a mamá por el poema y por qué lo atribuía a Nervo. Contestó que aquel poema estaba en un cuaderno de trabajo que un día mi tío había rescatado del fuego: "íbamos de regreso a casa y de repente vimos a un hombre tirando libros y cuadernos por una ventana. Abajo, había una fogata a la que iba a parar todo aquello. Mientras el hombre gritaba furioso: '¿poeta?, ¿poeta?, mi hijo no será ningún pinche poeta maricón', tu tío se acercó a la hoguera y sacó algunos ejemplares que aún no estaban quemados: 'mira, manita, el señor quemando libros y a nosotros tanta falta que nos hacen'". Luego, apagando las orillas de un cuaderno de trabajo, se fueron corriendo antes de que aquel hombre se percatara del hurto-rescate. Dijo, además, que si lo atribuía a Nervo era porque aquel era el único nombre de poeta que conocía.
La escena de la fogata y del hombre impidiendo que su hijo fuera poeta me gustó mucho y la puse en la novela. Del poema, tiempo después, me enteraría que era de José Santos Chocano, pero la referencia la obtuve de internet, así que nunca he tenido la seguridad de que sea cierta.

El último recuerdo que tengo de mi tío es de hace un mes o poco menos. Fui a Pachuca y me enteré que estaba enfermo, hospitalizado. Acudí a visitarlo y aquello fue como entrar en una realidad aparte. Estaba con mi abuelita, diciéndole "Chula" como toda la vida le había dicho, y a mí, el "gordo". En la tele estaba DePelícula, y en algún momento comentó algo de una actriz del cine de oro. "Mira, Gordo, yo que tanto ejercicio hice, cómo quedé, de qué me sirvió", y luego se apoyó en mí y empecé a ayudarlo a caminar. Días más tarde, a las seis de la mañana me habló mi tía: mi tío Arturo acababa de morir y yo era el encargado de decirle a mi madre.
En el funeral la mayor deuda quizá haya sido mi abuelita, para quien su hijo era TODO, pero cada que miraba a mi tía Lidia reir o a Cyn planear las canciones que pondrían a la hora del entierro, sólo podía pensar en Chris, la hija mayor que tuvo que convertirse en piedra para soportar el vendaval: ella hizo los trámites, dio las gracias a nombre de la familia... Y yo, que no me atreví sino a intercambiar unas palabras con ella, pues temía que se nos fueran a pasar los días llorando por mi tío, recordando los viajes de infancia, las navidades compartidas en la niñez, las madrugadas en que nos encontrábamos en algún antro y éramos los mejores amigos, o los sábados en que llegaba a su casa y empezábamos a beber junto a mi tío, escuchando sus aventuras de juventud como si en realidad nos estuviera descubriendo el mundo.

De aquellos años, de aquella época, siempre he de tener un soundtrack: José José, quien era el ídolo de mi tío y que siempre sonaba en su estéreo. De hace una semana en que lo enterramos a la fecha no he querido oír ninguna de sus canciones, pero siento que si en esta entrada no hubiera una, simplemente no hablaría de mi tío.
Descanse en paz.

lunes, 30 de julio de 2012

3
Ayer me enteré que La Tina, un homosexual que vivía por casa de mis suegros, está preso por violar a un niño.
Hará 12 años que la subí al vocho. Quería darle ride a un amigo de mi entonces novia y él, tal vez en venganza porque le había arrebatado a la mujer de quien había estado enamorado, me dijo que no pero subió a La Tina y me comprometió a llevarla a su casa. Vivía en una zona lodosa y no recuerdo de qué platicamos en el trayecto. Sí me acuerdo, sin embargo, que algunos drogadictos de la zona abusaban de La Tina cuando andaba colgada de un pasón, recuerdo que fumaba como si se vengara del cigarro con cada chupada, me acuerdo que sus zapatillas eran viejas y estaban raspadas del tacón.
Nada justifica lo que hizo La Tina. Pero hay una larga historia detrás de ese delincuente, como detrás de todos. Supongo.

2
Uno se queda acostumbrado al pasado. Por ejemplo: ahora que ya no debemos hacer cuentas cada vez que sacamos la cartera, seguímos haciéndolas. Es más, tenemos miedo de abrir la cartera y no hallar dinero, aun cuando, gracias a Dios, ya no debemos temer esto.
Vemos el futuro, sacamos una libreta y anotamos los gastos del mes, y aunque los ingresos son mayores que los pagos, seguimos con miedo a que algo malo suceda.
Supongo que a a veces el bienestar también provoca escalofríos.

1
He visto el trabajo de mi nuevo jefe. Es funcional, preciso, académico. Me da miedo perder mi empleo. Estoy acostumbrado a leer los periódicos, a hacer gráficas, a redactar resúmenes. Él, sin embargo, usa reportes a color, con interpretaciones que brindan más que mucho de lo que hago. Pienso en eso de que hay que adaptarse al cambio y tratar de innovar.
Pienso también en un posgrado, en una beca, en un libro, en un viaje.
Supongo que las etapas de la vida nos llegan así: de sopetón, para despertarnos y sacarnos de la zona de confort.

0
Aprieto el acelerador, pensando en Thelma, en Louis, en Luisa.
El aire hace que la foto que llevábamos en la guantera, vuele y se quede suspendida en el aire.

jueves, 28 de junio de 2012

Hará un año o año y medio que vi por última vez a Tenoch. Yo había ido a una junta de Zona de confort para anunciar que me retiraba del proyecto y Tenoch, a diferencia de las últimas semanas, lucía diferente. Para empezar pidió un capuchino o un frappé en el Starbucks. Luego, durante toda la junta, propuso una y otra cosa, habló de sueldos. Ya para eso de las 10 de la noche, a lo mejor más tarde, me ofreció un aventón a la casa y en el camino me contó la razón de su cambio: Sonia, su esposa, acababa de recibir una herencia y con el dinero inesperado habían pagado todas sus deudas: la escuela de los niños, el recibo de teléfono, las tarjetas de crédito, la luz, los préstamos de familiares... Incluso habían llevado a sus hijos a Six Flags sin negarles ningún capricho y ya organizaban una comida para los amigos quienes los habían apoyado en esos malos tiempos económicos. Además, la mitad de la herencia ya estaba en una inversión bancaria y unos días después irían a surtir su despensa como hacía años no podían.
-¿Y qué se siente?-, le pregunté-, ¿qué se siente dormir sin ninguna deuda?
Tenoch esbozó alguna respuesta: dijo que aún no lo sabía, que no le había caído el veinte (a pesar de que los bancos habían dejado de llamar a deshoras exigiendo pagos), que tal vez después podría decirme.
Pero no lo he vuelto a ver.
Hoy por la mañana, sin embargo, pude responder aquella pregunta: uno vuelve a soñar (y se siente el cuerpo tan ligero...).

lunes, 25 de junio de 2012

A veces me pregunto por qué leo, para qué leo. Es decir: después de leer un libro, una revista, un periódico, ¿qué gano? Más allá de la historia, de las sensaciones, cuál es el fin último de mi lectura (¿Hay un meta en leer?).
Luego recuerdo al profesor que provocó que leyera un libro de corrido (El silencio de los corderos) y su manía por hablarnos de la UNAM, donde él trabajaba. Creo que todos sus alumnos estábamos enamorados de las cosas que nos platicaba y creíamos que gran parte de esa vida se debía a que era un magnífico lector.
Sin embargo, en ocasiones ni siquiera llego a eso. Pienso en esa obsesión por tomar un libro apenas termino otro, y que eso no se puede incluir en un currículum, en la solicitud de un crédito, en la hoja rosa del ISSSTE.
Entonces, para qué leer, por qué leer. Y quizá, quiero pensar, me hago estas preguntas porque no me atrevo a hacerme una más importante: ¿por qué y para qué escribir?